por Sergio Sepúlveda.
Nunca supe porqué la gente se aferraba a relaciones sin sentido, a emociones mediocres que con el tiempo terminaban como una fruta convertida en pasa. Supongo que en cierta medida era el sentido humanitario mínimo de no hacer sufrir al otro. Carla lo sabía bien. Nunca dijo nada fuera de lo políticamente incorrecto. Siempre se mostró cariñosa.
Nos habíamos conocido en un bar un día a las 7 de la tarde hace unos dos años atrás. Hablamos y charlamos. A la cuarta cita nos acostamos y durante un breve periodo fui feliz. Pero la vida siempre hace lo imposible por recordarte lo insignificante que eres.
Luego vino la rutina y las risas como de programa de televisión. Nunca dijo nada sobre el aburrimiento, el hastío diario de ver al mundo desde la senda de los perdedores, de aquellos que no ganamos nada. Ella era hermosa. De niña había soñado con ser abogada y ahora estaba encerrada de 8 a 8 en una oficina.
Aquella tarde nos encontramos en la cafetería de siempre. Yo llegué más temprano y pedí lo de siempre. Ella se sentó y comenzamos a hablar de esas cosas que hablan las parejas después de un tiempo, básicamente del trabajo. En un instante se detuvo de sus comentarios triviales que yo solía pasar por alto y dijo que me dejaba. De manera simple. Me miró a los ojos y habló por tres minutos seguidos mientras por afuera pasaba la gente y el mesero seguía sirviendo café.
Ya no se sentía el amor como antes. Era una excusa válida, le encontré la razón. La ternura se había acabado y la saliva no era un antídoto necesario.
- Nos merecemos algo mejor - dijo
Su voz era calmada. Un lugar público no te permite gritar y hacer escándalos, menos una cafetería. Miré y unos perros se montaban afuera, era una libertad que envidié en ese instante. Nos habíamos hecho el regalo perfecto por un tiempo, el de querernos y el resultado era el de despreciarnos. La posesión de cualquier cosa al fin y al cabo llevaba a lo mismo y el sexo había terminado por arruinarlo todo. Habíamos arrancado la flor bella en su inocencia para tenerla, pero esa hermosura se había marchitado de a poco entre nuestras manos. Nos quedaban los vestigios de nosotros mismos tiempo atrás cuando dependíamos menos del otro. Era imposible no arruinarlo.
Hablamos unos minutos. Era evidente la importancia que habíamos tenido para el otro, pero la gente se marcha. Aún recuerdo su voz. Era delicada, mientras sollozaba en silencio y las lágrimas caían por sus mejillas. “Siempre serás alguien importante en mi vida no importe lo que pase, ni el tiempo, ni las personas que pasen alrededor, fuimos perfectos en un instante” dijo.
La Carla siempre sabía decir las palabras precisas. En lo más profundo nos odiábamos por haber fracasado. Nos amábamos con un cariño rabioso y lejano se que se iba a disipar con los días. Con los martes que iban a sucederse desde aquel martes. Los atrasos se iban a olvidar. Daba lo mismo. El mozo servía más café, los perros ladraban y alguien se reía en la mesa de al lado.
Nos miramos mucho rato. Nos quedamos estáticos en ese instante que resume lo que fuimos, aquellos sujetos enérgicos que caminaban un día en la noche meses atrás, en alguna borrachera romántica donde nos dormimos abrazados.
Nos paramos y pagamos la cuenta. Dejamos una propina más que generosa. Era posible que no volviéramos en el corto plazo. Salimos de la cafetería callados. Caminamos un rato hacia donde ella tomaba la micro. Nos quedamos en el paradero un rato mientras nos hacíamos comentarios del tiempo y la demora del servicio público de transporte. Luego pasó su micro y nos miramos un instante y nos besamos las mejillas de manera mediocre y dijimos simplemente “Adiós”. La miré mientras subía y se sentaba. Estaba llorando, pero no quise seguir observándola y me puse a caminar encendiendo un cigarro.
Tags: cuento, despedida, sergio sepúlveda

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Escarba en tu pecho de tierra / escarba / una luna de cuarzo empañado / un perfume de kerosén incendiado / escarba esos huesos sin médula / esa ruta olvidada entre mi mano y tu ombligo / una cuchara raspando la olla de la esperanza / escarbando como un perro que esconde tesoros / naufragando sonrisas entre vasos y besos / escarba en tu pecho de tierra.
Perfecto (y)
[...] Una breve e intensa columna de ficción [...]
bueno bueno
sentí la angustia.
excelente canción, la banda sonora perfecta
es realmente hermoso, admiro mucho a la gente que tiene talento con las palabras, si bien pienso que un abrazo o una mirada expresan mucho, nada se detiene a escrutar esas cosas… por eso, inventamos palabras, la unica forma de poder expresar nuestra mirada a un mundo ciego, a un mundo al que ya nada le importa.
es excelente
atte:
Lor