¿Qué pasó con mi rock n`roll?

Por Miguelángel Sánchez

El Love Parade termina en desastre. Me hizo recordar las imágenes del festival Altamont de los Rolling Stones en 1969, y cómo acabó Woodstock ’99 el año 2000, ensuciando para siempre el legado de una generación que predicó la paz y el amor, pero que con el lente sucio de hoy, podemos ver terminó más en tragedia que en armonía.

¿Qué pasó con la música? Nadie lo tiene muy claro. Somos jóvenes, y no sabemos la historia desde el principio. Solo contamos con lo que rememoran los que “estuvieron” ahí, y que algo más o menos nítido logran armar. Tenemos los documentales, tenemos las entrevistas, tenemos los informes policiales, tenemos los reportajes, tenemos a algunos de los sobrevivientes. Pero la música alguien la perdió, y nunca pudimos volver a encontrarla.

La escena la he vivido muchas veces, en mis peores pesadillas inducidas por la televisión y la coca-cola. Hordas de borrachos sudados y desorientados, agotados por los movimientos repetitivos impuestos por los estándares bailables de la época, se desesperan, se ahogan, se deshumanizan y estallan, la marea humana fluye atraída por una luna llena satánica y vengativa, motivada por los instintos primarios de autopreservación. Un chocleo de cuerpos que hace unos minutos se creyeron soberanos de sus destinos, dueños de la lógica absoluta, ahora todos tienen una sola mente irracional y caótica, y cuyos movimientos pueden ser fácilmente predichos por algoritmos simples, pueden ser observados a través de proyecciones sociológicas, se mueven según las reglas de la mecánica de fluidos, se golpean a sí mismos como palomas escapando del niño que intenta aplastarlas.

¡Macabros bicharracos, bailando al ritmo de percusiones infinitas y luces estroboscópicas! ¡Muerte a la conciencia humana, abajo con el orden! “¡Que le corten la cabeza!” le grita la reina iracunda a sus tropas, la mantis satisfecha a aquel que la abraza tiernamente.

¿Te imaginas, en una estampida? Corriendo por tu vida, sin saber si en tu escape estás pasando por encima de alguien, literalmente encima de alguien, arrebatándole la vida a punta de patadas, mientras ruegas que tú no corras la misma suerte.

¿Qué ha hecho la música para merecer este trato? La música no ha hecho nada, ella no tiene la culpa. ¿O me quieren decir que fue la música la que mató a esas personas? Según algunos, eso fue justamente lo que sucedió.

Yo creo que el problema no es que la música nos haga perdernos. El problema es que en algún momento, la batalla por la música la perdimos. Nos la arrebataron de las manos, nos dejaron colgando de un hilo invisible y nos pasaron un sucedáneo para que masticáramos.

La música perdió la batalla contra aquellos que vieron en ella otra forma más de ganar dinero, de hacerse famosos, de obtener influencia, o de construir un legado a partir de un arte que tiene que ver con lo humano, que quizás más que ninguna otra creación humana nos conecta a un nivel íntimo, personal y sincero.

Me opongo diametralmente a la opinión de Gonzalo Rojas. Si hay algo que ha salvado a la música, han sido los audífonos. La música, al igual que un libro, un cuadro, una película, o cualquier forma de arte, debe ser primero amado a un nivel personal, escuchado con la atención que requiere un diálogo profundo, del que puedes aprender algo. La música, y todas las formas de arte, enseñan a amar.

La culpa la tienen aquellos que ven en la masividad la manifestación de la individualidad, que nos enseñaron a seguir lo que los demás nos dicen que sigan, a bailar como todos bailan, a encasillaron en formatos preestablecidos. Es más fácil vender, cuando todos tus compradores quieren lo mismo.

El orgullo, el narcisismo y la avaricia acabaron con el mito de la gran ciudad. Cuando los hombres (y mujeres, seguramente) de cuello y corbata de la gran corporación musical mundial, dueños de la gran fábrica de lo sonoro, cavilaron sobre cómo hacer que la gente compre, adquiera, consuma, acapare, arrebate y acepte, todo al mismo tiempo y en el mismo lugar, se decidieron por seguir una vieja práctica cultural muy siglo XX, muy post-modern-punk-rock. Así dijeron:

EJECUTIVO 1: ¿Cómo hacemos que esos animales consumistas, esos que llaman “jobenes” compren lo que les vendemos?

EJECUTIVO 2: Los estudios indican que ellos buscan otras entidades con algo llamado “alma”, algo que los llene espiritualmente, no solo comercialmente…

EJECUTIVO 1: ¡Pero eso es ridículo, el alma no existe, es un mito! ¡Yo jamás he visto una, y yo todo lo poseo!

EJECUTIVO 2: (revisando sus papeles) No hay herramienta estadística que nos permita analizar esta “alma”, muchos menos comercializarla…

EJECUTIVO 3: (saliendo de las sombras) yo sé donde hay un alma…

EJECUTIVOS 1 Y 2: (al unísono) ¿¿Dónde??

EJECUTIVO 3: (acariciando un gato negro) se habla de una ciudad legendaria, donde alguna vez, cuentas los antiguos, hubo un alma. Si invocamos su nombre, ellos vendrán a nosotros, creyendo que nosotros la poseemos.

EJECUTIVO 1: ¿Y así podremos vender?

EJECUTIVO 2: ¡Venderemos!

CORO DE EJECUTIVOS: ¡Salud, por la dominación de las almas!

Así nació Woodstock ’99, un revival de un momento legendario, la promesa de volver a capturar esa magia, ese poder que la guerra y el mercado nos robó. Pero la verdad fue muy diferente, porque de Woodstock solo tenía el nombre, y por tanto la publicidad fue engañosa, no se iba a tratar de una fiesta de peace, love and music, sino de marketing, profit and show. Las velas que supuestamente iban a servir para una vigilia por la paz, terminaron como fogatas tribales, símbolos del caos y la ira por botellas de agua más caras que el petróleo.

La experiencia me ha dicho que cuando tratas de forzar las cosas, generalmente no salen. Ocurrió en Altamont con los Rolling Stones, tratando de mantener artificialmente el movimiento hippie. Pasó con Woodstock, tratando de otorgarle elementos históricos a un evento comercial, y pasó con el Love Parade, que por tratar de mantener una “tradición” musical, un concepto que fue muy espectacular en su momento (el muro, la urbanidad, la electrónica, la libertad), pero que ahora debía hacerse a la fuerza, pasando por alto que ya no era lo mismo, que la cosa era más la pose que la idea, que el espacio no fuera el adecuado, que las cifras de personas no calzaran, que la gente, sin saberlo, tendría que encontrarse con “sorpresas” porque querían, casi como turistas, visitar este show mágico del que tanto les habían hablado. Incluso si no hubiese dinero de por medio, la mentalidad seguía siendo la misma. La mentalidad de vender la música.


P.S: Mientras escribo esto, me entero que en el Festival Maquinaria algo raro está pasando. Que agregan fechas, que las bandas esto, que cobran antes de tener, que lo otro, que al final esta hueá se está yendo al carajo. Pero no puedo encontrar nada de información fidedigna al respecto. Yo solo digo…

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Un comentario en “¿Qué pasó con mi rock n`roll?”

  1. cecilia dice:

    pasa en la música
    pasa en el fútbol
    pasa en la vida
    pasa en TNT

    nada nuevo bajo el sol.

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