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Breve historia de mi mano, vol. 2

@drugoespinoza

Las manos necesarias para estar feliz un rato

Por El Turco

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Es curioso que no pueda recordar su nombre, a pesar de que hubo una época en que lo telefoneaba con frecuencia. Especialmente cuando estuvo vendiendo hachís. Mi vecino solía nombrarlo en casuales conversaciones: las bolitas estaban decentes, pero te dejaban medio pegado.

Aunque supongo que todos estábamos pegados esa temporada. El pub estaba adquiriendo fama y esa noche estaba reventando. Había una mezcla de nuevos clientes y boquitas abriéndose y formando un anillo sobre los curiosos porritos que fumaban estos artistas y clientes de antiguedad, neo hippies que armaban tabaco y tenían trato especial por un par de cervezas de las más baratas, pero parece que no había Doragua -qué aleatoriedad del recuerdo-. Yo los conocía a varios y ellos nos saludaban de vuelta.

Cuando pedimos la segunda jarra, ella comenzó con una suave fricción en la rodilla derecha, para luego pasar su mano ampliamente por el mismo muslo. Las mejillas se le ponían coloradas y entre la transpiración y el calor de los borrachos se abría paso su perfume para frotar el centro de mi cabeza.

Años después, en otra ciudad con estaciones cambiadas, le preguntaría a una amiga qué fragancia estaba usando y así pude averiguar el nombre de la diminuta botellita francesa. “Todo lo bueno viene chiquitito – me decía nuestro contacto mientras me pasaba el producto en un callejón cercano al local-, yo creo que deberíamos armar uno ahora”, sentenció al momento de sacar un pedacito de moco oscuro del bolsillo de su pantalón-pijama y rolar un pequeño pitito que se nos fue mirando la bahía desde los primeros faldeos del cerro.

Cuando volvimos a la barra llegó otra jarra y servimos tres vasos. El muchacho de barbas y cabellera descuidada, nos contó de sus trabajos de orfebrería y luego debía dedicarse al comercio, entonces se esfumaba y aparecía de repente para llenar su vaso. Entremedio otros camaradas nos conversaban y pedían un poco de vinito, a cambio de porritos de tabaco que armaban con sus dedos grasosos y sus uñas negras y largas de guitarristas, y ella conversaba con algunos, mientras yo salía a gastar el producto afuera, y luego volvía y nos enredábamos con otra gente entrando y saliendo en un torbellino de fauces y risas disparejas, hasta que le tocó el turno al payaso que hacía malabares con fuego y varios conos, y que los espantaba a todos con tallas pesadas aunque apropiadas para el estado etílico de la audiencia.

Una vez que hubo hecho espacio para comenzar su show, ella se me sentó en el muslo y yo la sostuve con un brazo largo alrededor de la cintura. Yo estaba pegado con los trucos y con el sombrero del artista, aunque no supe hasta unos meses después que el clown era calvo, una vez que estaba engrupiendo a dos muchachas con un amigo que por pavo fue arrinconado por el arsénico payaso, que se quedó con la más alta de las dos, mientras yo agarraba con la chiquitita que tenía las buenas tetas, y nos fuimos a fumar a los faldeos del cerro pero nunca pude tocarle los senos y después como que me empezó a hacer el quite y su amiga arrastró al payaso de vuelta al local y yo les dije que tenía que mear y luego entraba, pero cuando traté de ingresar me hicieron problemas porque ya caminaba con dificultad y me había metido la pija al pantalón antes de terminar.

Entonces apareció nuestro contacto y me vio angustiado y le conté sobre el imbécil con la nariz roja y la alta y la chica y él me dijo que los mandara a todos a la chucha y que lo acompañara al otro bar de la esquina y nos tomamos cervezas con unos camaradas suyos y llegaron unas muchachas y él les mostraba sus productos, afirmados de alfileres en un género negro, y todo se veía tan bonito y frágil que yo pensaba cómo uno puede andar vacilando y comerciando al mismo tiempo, pero entonces recordé que este loco llevaba mucho tiempo en lo mismo, y seguramente había visto tantas cosas en el tira y afloja de las situaciones, al igual como hacía Ramiro en su momento, que en realidad tenía razón y había que mandarlos a todos a la chucha, así que esa lejana noche, cuando volvimos a la casa, le dije que mejor me iba a tirar en el sillón y en la borrachera y voladera ella se me puso a llorar y vomitó las tres jarras de una vez, por lo que tuve que limpiarla, sacarle la ropa, dejar a un lado su billetera, celular y esos familiares aretes, para luego acostarla. El sueño tardó mucho en llegar, así que abrí la ventana para fumarme un cigarrillo. Mi mente todavía estaba divagando y quizás daba vueltas en círculos alrededor del humo del local.

Continúa de “Breve historia de mi mano. vol 1″