El embarazo juvenil no es heroico, es un problema
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Observo que algunos programas de TV exhiben a madres adolescentes como heroínas, como muchachitas que sacan sus tempranas fuerzas para dar luz a una criatura, y “asumir responsabilidad” de ella a pesar de su corta edad, inexperiencia y escasa formación. Se “hicieron cargo” de su pecado, de andar peluseando por allí: abrieron las piernas y ahora cargan las consecuencias, y lo hacen con la valentía de quienes “defienden la vida” como dogma sagrado.
El ministro de Desarrollo Social, Joaquín Lavín, indica alarmado el aumento del embarazo juvenil en Chile(sobre 100 mil anuales hasta 19 años de edad). Tendencia ha aumentado en los últimos años según expertos y estudios universitarios. La ONU señala que en Latinoamérica 1 de cada 4 jovencitas será madre adolescente. Se opina de forma generalizada que el problema es la educación, se le pide a los padres que “hablen con sus niños”, que se expanda el currículum sobre sexualidad en los colegios, ya que existe una relación directa entre nivel de formación y tasas de embarazo juvenil.
Todo eso es cierto, pero se omiten aspectos fundamentales del problema, partiendo por asumir que es, en efecto, un problema serio, pues perpetúa los círculos de pobreza, porque muchas veces los papás, mocosos también, desaparecen, y las muchachitas no saben o no se proyectan como algo más que ser mamás. Familias con menos recursos pero más bocas que alimentar. Aparte, la carga económica y de tiempo, que requiere la crianza de un bebé, obstruye en gran medida las posibilidades de capacitación y empleabilidad de estos jovenzuelos para superar su condición socioeconómica.
Aquí se requiere hablar sin tabúes, con honestidad: al contrario de lo que (piensa) exhibe la TV, las adolecentes que son madres a temprana edad están lejos, muy lejos, de ser un modelo a seguir.
Además, no basta con la educación, con decirle a los muchachos lo que pueden hacer al respecto para controlar su vida sexual, sino también entregarles los medios para acceder de forma efectiva a sus derechos. Sin pelos en la lengua: los jóvenes chilenos tienen derecho a planificar su familia, y al mismo tiempo de llevar una vida sexual responsable. Pero eso no es lo que piensa nuestra clase política.
El ministro Joaquín Lavín, que pertenece a un colectivo católico fundamentalista, que tiene varios hijos porque el uso de dispositivos o medicamentos para el control de la fertilidad están restringidos según su propia religión, piensa que lo único (¡único!) que los jóvenes chilenos debieran hacer al respecto es abstenerse de tener relaciones sexuales a edad temprana.
Justamente allí está la falla: en el cartuchismo hipócrita, alejado de la realidad, insensato, de nuestras autoridades, aliadas con la jerarquía religiosa apostólica romana. Lo vengo indicando, por favor, agreguemos honestidad: los adolescentes chilenos son buenos para la cacha, les gusta, a todos nos gusta y tenemos derecho a practicarla.
La administración Bachelet (divorciada, atea, marxista renovada, educada en Europa oriental) alcanzó un gran avance al respecto, para lo cual tuvo que usar el poder Ejecutivo (porque en el Congreso rara vez se logra algo), calmar a la DC, combatir las apelaciones judiciales de la derecha, y finalmente a los alcaldes conservadores, solamente para entregar una pastilla, una simple pastilla, que permite prevenir un posible embarazo ante una situación de emergencia.
Situación de emergencia que sucede, ciertamente, con frecuencia. ¿O acaso todo el mundo anda con condones siempre cuando “sale un polvo”? Y esa wevada de “no te preocupes que la saco antes” es una tontera del porte de un buque. Esto pasa, está pasando ahora mismo, y las autoridades tienen el deber de otorgar a los jóvenes chilenos la posibilidad de acceder a los medios para controlar su vida sexual.
Pero en los consultorios se deshacen en explicaciones, en casi un cuarto de ellos simplemente no tienen la pastilla, y al final de cuentas es muy difícil, especialmente para alguien que no tiene dinero para comprar la pastilla del día después en la farmacia, de acceder a anticonceptivos de emergencia.
Ojalá que solucionada esta primera etapa, de aceptación del problema y de búsqueda de soluciones sensatas, que omitan cualquier consideración de una determinada religión (pues en Chile viven millones que no profesan una fe retrógada), podamos avanzar y llegar al meollo del problema: los derechos reproductivos de la población, que tienen como eje central el derecho (consensuado en casi todas las naciones occidentales industrializadas) de poder interruptir el embarazo, sin ser criminalizado por intentar planificar cuándo y cómo tener familia.
Nadie desea un aborto, pero las emergencias ocurren, y muchas chilenas acuden a la clandestinidad, con todos los riesgos de salud que ello implica. Al menos que tengan la opción de elegir. No escondamos el sol con un dedo.
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