por Hugo Espinoza
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Primero fue la venta de Canal 13 a un importante grupo empresarial del país, y ahora la forzada destituticón del director de TVN y el presidente Piñera nombrando un hombre de su confianza (Carlos Zepeda) en el canal estatal para frenar la cobertura de movilizaciones sociales. También leo otra noticia que me impacta: TVN es multado, al igual como fueron los canales privados, por su cobertura sensacionalista de la tragedia en la cárcel San Miguel. Ni que hubiera pasado lo mismo en el accidente de las muchachas del colegio Cumbres.
Todo esto nos entrega señales claras y profundas de un proceso irreversible en la industria de los medios, y particularmente de la TV chilena: el rol social de la Televisión como el medio de mayor acceso a la ciudadanía ha sido reemplazado por una simple maquinaria de control político a la información, y de mercantilización general mediante la entretención como motor único de la programación.
Una historia que se hizo ajena
Concebida para iluminar a las masas (al contrario de El Fracaso que usualmente destiñe en vez de ilustrar), la TV en Chile nace como una iniciativa pública. La primera ley que regulaba la materia, que data de 1970, otorgó concesiones televisivas a las principales universidades (U. de Chile, UC y UCV) y al Estado, como garantes de la difusión cultural a través de este poderoso y masivo medio de comunicación.
Pero hubo algunos problemas de este modelo, detalles que parecían menores, pero de tal relevancia que marcaron la historia del campo televisivo nacional. En primer lugar, los diversos mecanismos de control desde la esfera política de los contenidos televisivos, situación extrema durante la dictadura (mediante la designación de rectores de las casas de estudio mencionadas), pero continuada en democracia (mediante cuoteo parlamentario del directorio de TVN).
Y en segundo lugar, el modelo de TV pública, de servicio hacia la ciudadanía, de difusión artística y de los valores nacionales, requiere como lo ha demostrado la experiencia internacional de un sistema de financiamiento paralelo al mercado. Teniendo como único modelo de negocios la venta publicitaria, el campo televisivo nacional ha acrecentado (especialmente desde el ingreso de privados en 1990) una fuerte orientación comercial en su programación.
En otras palabras, la gente pide más cultura y mejor TV, pero no responde con niveles de audiencia (rating) para esa programación, por lo tanto, los canales se ven forzados a desligarse de sus cánones y sus misiones iluministas, para enfocarse en la búsqueda de audiencias masivas.
Este fenómeno explica en gran medida el éxito de la estación Chilevisión, que ha alcanzado el segundo lugar de sintonía casi pisando los talones al líder TVN, a través de una programación que exacerba el erotismo y el morbo. O sea, lo que vende: TV de verdad, lo que certeramente prefieren las audiencias.
Esta prudente (y legítima) mirada comercial no fue entendida a tiempo por Canal 13, y es una de las causas de su caída abismal y sin salida. Vendida al grupo Luksic (que controla grandes empresas y hace un tiempo deseaba ingresar a la industria de los medios), la Iglesia Católica ha renunciado a su más importante medio de comunicación y de influencia en la opinión pública, en instantes que su credibilidad, por los casos de abuso de menores de parte sacerdotes, se ha visto truncada seriamente.
Justo en momentos que se discute una amplia ley de TV en el Parlamento, cuando las nuevas tecnologías digitales modificarán la industria, la TV pública, necesaria para contrarrestar la programación basura que obliga el mercado, vive su peor momento.
¿Cuánto le queda a TVN liderando las audiencias? Tal vez mucho menos del que se espera. El nuevo cuerpo legal en tramitación sólo le permite al canal estatal participar de algunos concursos públicos, no ampliar sus fuentes de ingreso, y tampoco libra de las trabas políticas, ya que mantiene la designación parlamentaria de su directorio (que seguramente se amplíe en dos personas más para incluir vanamente al Partido Comunista).
Por lo demás, serios conflictos de interés amenazan la institucionalidad del campo televisivo. El presidente subrogante del CNTV es primo de Sebastián Piñera, todavía dueño de Chilevisión, principal competencia de TVN, donde el mandatario además ha designado al presidente de su directorio. Nadie duda que hayan llamados telefónicos desde La Moneda a Bellavista 0990 cuando una cobertura periodística incomoda.
Asistimos al funeral de la TV que conocimos durante medio siglo, sin que ello necesariamente sea algo malo del todo (ya la Iglesia tiene otro canal y es buena la entrada de nuevos actores que dinamicen la competencia). Pero lo que es verdaderamente preocupante, es que los grandes grupos económicos del país controlen todo: partiendo desde La Moneda, la información de la prensa escrita y la TV, el retail, los alimentos y hasta esta misma conexión a Internet. Capaz que les pasemos hasta las aceras fuera de nuestras casas en el próximo centenario.
Basta de hipocrecía
¿En qué se diferencia TVN del resto de los canales privados? Quizás en la programación cultural del fin de semana, pero en el resto sigue el mismo formato de matinales, teleseries extranjeras para las nanas, programa juvenil morbo en las tardes, teleseries principales familiares, noticiero farandulístico, programa prime trivial.
Si lo miramos de esta manera, se deslegitima la existencia de un medio de comunicación (productor de contenidos simbólicos) en manos del Estado. No hace diferencia. Entonces mejor privatizar TVN, dicen los intelectuales liberales como Lucas Sierra, del CEP.
En la otra vereda, Manuela Gumucio (madre de ME-O) del Observatorio de Medios FUCATEL indica que hay que potenciar la TV pública otorgando otras fuentes de financiamiento y ampliando el aparato de TVN. Hacerlo como una BBC, o sea, dotarla de antenas y canales locales en el nuevo contexto de la TV digital. Incluso dice dotar de transportadores públicos (básicamente, antenas para transmitir contenidos ajenos) que permita el acceso de productoras independientes al espectro.
Pero ¿es viable económicamente, si nadie paga por la TV abierta como el el TV cable? Los mismos críticos indican que si TVN tuviera programación de calidad, los ratings bajarían. Cierto, pero ¿qué credibilidad tiene hoy en día, si ni siquiera es completamente abierta con sus números, si corporativamente se maneja como una empresa privada más, si paga millonazos a los animadores, en un canal que se supone de servicio público? ¿O usted cree que Argandoña hace servicio público?
Por eso a los concertacionistas que no quieren perder este bastión, mejor basta de hipocrecías. O privatizamos TVN o lo convertimos en un verdadero canal público, porque en este limbo la ciudadanía solamente pierde, y solamente ganan los partidos con representación parlamentaria que ponen directores (o sea, la clase política) y los rostros que ocupan nuestra (sí, nuestra) estación. Porque es de todos los chilenos, ¿cierto?
crédito foto: tventerarte

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