“te lo lavas y te la hago”  
 

Entrevista a Armando Uribe: El monje versista

por Salvador Allende S.

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Enclaustrado en un departamento que parece girar como un satélite alrededor del mundo, el Premio Nacional de Literatura Armando Uribe Arce conversó con El Fracaso, afilando su lengua en contra de lo que él llama “la sombra del lucro: el éxito”. Pesimista ante todo, dio una lúcida retrospectiva sobre la poesía chilena, buscando interpretar las raíces de una historia literaria que ha decidido abrirse en un crisol de vertientes de calidad insospechada.

Escuchar a Uribe es una bofetada en la conciencia, un combo ahí entre los huesos. Se extingue día a día, esperando a la muerte, un anacoreta frente al Parque Forestal, pero no calla su rabia ni su pasión por la fe, el amor y la vida pública. Nos recuerda que este mundo avanza como una gran avalancha de destrucción rumbo al basurero, y que los culpables viven impunes en la grandiosidad de su desastre. Su poesía es un mosaico extraño de inconsciente, erudición y Dios. Uribe, el experto en Derecho Minero, el ex Diplomático, el caballero de la sonrisa invisible embistió sus palabras hacia Nueva Letra.

Don Armando ¿Usted, como persona religiosa, reza?

Sí, claro. Resulta que es un dogma importante, y los dogmas tienen la particularidad de que se parecen a la poesía, porque contienen mucho de irracional, como el dogma de la resurrección de la carne. Según éste, todos resucitan el último día, en el fin del mundo, y los que se salvan resucitan en cuerpos gloriosos, perfeccionados.

El pecado original consiste en la alegoría de que las criaturas creadas por Dios le hicieron caso al demonio, en forma de serpiente, y desobedecieron al Creador, realizando lo que el éste les dijo que no hicieran, para ponerlas a prueba. El deseo de ser Dios existe en el género humano entero, y desde entonces desobedecen, y lo que reciben por ello es la muerte.

Durante toda la vida tenemos el inconsciente deseo de ser Dios, mas la muerte es la prueba de que no lo somos. Pero en la religión católica, se plantea que al existir la reencarnación de la carne, los que resuciten y se salven “se hacen dioses”, o sea se cumple el deseo que los humanos hemos tenido en el inconsciente, desde que empezamos a existir, hasta la muerte.

Mirando hacia atrás, ¿cómo califica su propia poesía?

Durante su vida un autor, sea de versos convencionales y métricos, libres, etc., puede sostener que ha escrito verso, pero es muy difícil que pueda probar que en esos versos haya habido realmente poesía. Ahí uno entra en una dificultad grande, si se quiere ser sincero.

Yo me sujeto a decir que escribo versos que intentan contener poesía, antes de decir que escribo poesía. Es que en mi caso yo he tenido una vida que no es para nada una vida de poeta: no estudié literatura, estudié derecho, soy un jurista. Antes no podía dedicarme a escribir versos porque es muy difícil en Chile y otros lugares, tenía que ganarme la vida para mi familia en el destierro, de modo que solo cuando jubilé me pude enclaustrar, y pude escribir, reunir y publicar muchos libros.

De hecho sigo publicando, ahora sale un libro en Lom que se llama “Vergüenza ajena (antipática tonta y fea)”, y otro que se llama “Feo” y otro más que se llama “Baba”. De hecho, acabo de encontrar un libro que había olvidado en una caja perdida por ahí, y es del 2001. Tal vez sea posible o potable, pero lo volví a meter en la caja y la dejé en cualquier parte.

¿Tiene usted tiene algún orden especial en los libros o en sus métodos de escritura?

No tengo, porque me di cuenta alrededor de los 20 años, cuando traté de hacerme un orden material formal de la gran cantidad de libros y papeles que poseo, que se había transformado en una obsesión peligrosa, y por decidí que corrieran su suerte. Y sobre escribir, realmente me da lo mismo pues, he escrito en toda clase de papeles, antes escribía hasta en papeles recogidos de las veredas o en boletos de micro.

Tradición de poetas

¿Se siente referente, en alguna manera, de los poetas de esta generación?

No, no me siento referente. Tengo una mala idea de la recepción que tiene lo que escribo, pues más allá de las apariencias, es muy difícil de ver. Creo que en mi caso, no ha habido una recepción de mis cosas, y me lo explico por las mañas y manías que hay en mis versos. Como casi todos los que escriben en verso, uno supone que puede llegar a ser descubierto recién dos generaciones después de muerto. Pero eso no me importa, la verdad me da lo mismo.

¿Cómo explicarse la grandeza en materia de poesía del siglo XX al cual usted pertenece?

En los años ’50 nos fuimos dando cuenta en Chile de algo que era conocido por ciertas personas, críticos y autores: que la poesía chilena tenía un valor que no había sido reconocido en el siglo XX. En el siglo XIX ya existían en Chile dos poetas, Carlos Pezoa Véliz, objetivamente un notable poeta, y Diego Ardule Urrutia. Pocos años después de 1910 aparece Gabriela Mistral y luego Vicente Huidobro, que comienza a publicar sus libros, hasta que más tarde se hiciera un hombre sólido en materia de poesía. Todos escribiendo verso clásico, incluso con la entrada de Neruda y De Rokha, que escribieron sus primeras obras en este tipo de verso. Luego, con la entrada del verso libre, con referentes como Rimbaud, se liberó la capacidad de escribir poesía y pasó a ser heredera de una tradición literaria existente en el país desde que Chile ha tenido su nombre.

No fue ninguna casualidad, como lo han propuesto torpemente algunos intelectuales. Es el verso libre el que permite la entrada de una tradición literaria, contenida de varios siglos y en varios formatos, en la poesía chilena. Y por supuesto hay otros autores que han continuado con la buena poesía, como Nicanor y Violeta Parra, ella en particular con sus décimas, así también como Gonzalo Rojas.

Yo creí que con la ruptura del Golpe de Estado del ‘73 se iba  a disgregar esta tradición o escuela chilena de poesía en verso, que existía de la primera década del siglo XX. Lo creí erróneamente, porque me di cuenta con el tiempo, al volver del destierro, que había libros de los diecisiete años anteriores de poesía en verso muy importantes, como el famoso libro de Juan Luis Martínez, “La nueva novela”, y de Maqueira, “La Tirana” que para mí fueron sobresalientes. Con la ayuda de algunas antologías que me pusieron más o menos al tanto, comprendí que ha continuado esa tradición o escuela de poesía castellana en Chile desde principio del siglo XX hasta ahora.

La decadencia del caballero político

 

¿Cómo ha cambiado la clase política desde la dictadura en adelante?

Primero que todo, la inteligencia de los actores políticos. Son mucho más débiles de inteligencia y mucho más mediocres que los que había en Chile antes del Golpe de Estado. Es una cuestión que se puede calcular, examinando discursos, pronunciamientos, obras legislativas, etc. Después, la integridad, la honradez moral. Luego, la independencia sicológica de los políticos que funcionan tanto dentro del parlamento como afuera. Es muy inferior a lo que era tradicionalmente incluso el término medio, de la era los políticos del periodo previo al Golpe de Estado.

¿Y cómo cree que esto ha afectado el ámbito cultural del país?

La decadencia que ha traído este sistema ideológico en Chile (y otras partes también, porque por primera vez una sola ideología se ha expandido a todo el mundo) ha provocado ese endiosamiento, la idolatría al lucro, y algo que yo llamo la sombra del lucro: el éxito. Hay una decadencia cultural muy notoria, una caída colectiva de la cultura en la capacidad de comprender, entender y por cierto también crear. No solo de leer, sino también de hacer obras importantes.