La alegría nunca vino
@drugoespinozapor Hugo Espinoza C.
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Había una vez un país lejano al fin del mundo, rodeado de montañas y valles transversales decantando en el mar infinito. Era una tierra tan linda y discreta que uno podría morir a unos cien metros de distancia donde nació.
Los viejos estaban algo tristes y desconsolados porque les vendieron gato por liebre, porque les dijeron que el general que había derrotado al yugo marxista estaría unos años no más. Pero eso a los niños no les importaba: el balón rodaba en la calle.
Las pichangas partían inmediatamente después del almuerzo, y duraban hasta el ocaso. De vez en cuando, todos los jugadores se quedaban quietos porque pasaría, lentamente y con cuidado, un vehículo. Llegada la hora de la once, todos volvían a las casas, tomaban el té y veían en familia un culebrón televisivo.
Ese país lejano ya no existe. Pasaron varias cosas entremedio, difíciles de imaginar para mentes tan provincianas como las nuestras, pero que nos revolvieron el cerebro de tal forma que nos han condenado al aburrimiento y al tedio de una existencia ingrata.
Nos prometieron el paraíso. Nos dijeron que la alegría vendría de la mano con la vuelta a una institucionalidad democrática. Al menos en la fachada todo parecía auspicioso, sino es porque la virulencia del consumismo, de una sociedad volcada hacia la acumulación de capital, había penetrado desde mediados de los ochenta en el alma máter de los chilenos, para no ser extirpada jamás.
Muy temprano, los televisores y los vehículos se comenzaron a masificar: los autos se tomaban las calles y dejaban a los niños encerrados en sus piezas siendo criados por la caja mágica. Padres y madres necesitando trabajar ambos, porque las necesidades lo requerían, el imperativo del colegio pagado y las cuotas del computador. La jornada escolar completa, los muchachos llegando tarde y cansados, mientras Internet poco a poco se encargaba de disolver el recuerdo vago de las pichangas callejeras, de los vecinos que ya no sabemos quiénes son.
Los idearios colectivos de los chilenos fueron reemplazados por metas individuales. Todos pertenecen ahora a la “clase aspiracional”, quieren “emprender”, salir del maldito barrio donde se criaron, para no tener que tomar la misma micro que la chusma.
Después nos preguntamos cuáles son los motivos por los cuales nuestros jóvenes se sienten tan apesadumbrados, tan débiles frente a sus formas de vida. Cerca de un 80 por ciento de la juventud se siente “fracasada”, muchos de ellos incluso han considerado quitarse la vida. Maldita sea.
Algo debe estar pasando, no existe otra explicación. Tal vez hay una decepción terrible cuando se han partido el lomo estudiando una carrera para ser un poco más que su viejo calvo y panzón, y cuando descubren el terrible campo laboral, dominado por los pitutos, por los apellidos y muy lejos de un ideal meritocrático.
¿Dónde está la maldita alegría que nos prometieron? ¿Alguno seguirá pensando que con la posibilidad de tirar una línea sobre un voto cada cuatro años los jóvenes se sienten satisfechos? Por el contrario, se sienten más vulnerables que nunca frente al sistema, el mismo sistema que les exige endeudarse descabelladamente por wevadas, como tener las últimas zapatillas, celulares o asistir a un concierto de un grupo foráneo en la decadencia de su carrera. Sin considerar que la educación es más que nunca un privilegio y no un derecho.
Tal vez los mismos medios y la publicidad incitan esta situación. ¿Alguien ha visto los comerciales televisivos que aluden a los jóvenes? ¡Los dejan como una manga de tarados! Simples consumidores, de los mejores porque les quedan años en la misma tontera, simples consumidores y engranajes aceitándose para introducirse en una maquinaria que terminará succionándoles el alma genuina y la inocencia que alguna vez tuvieron, pateando un balón antes de que los llamaran para tomar once.
Crédito foto: bbc.co.uk
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