Making off de un cuento no muy romántico y un poco violento
@MrSergo
por Miguelángel Sánchez
El escritor había gritado acción cuando Enrique entró pateando la puerta y Susana tembló del susto, lo miró con ojos infantiles y trató de escapar a la cocina. Pero él en tres zancadas la alcanzó, la tomó del brazo y de un tirón la empujó hacia la pared.
- ¿¡¿Dónde cresta está?!? –gritó Enrique imaginando que la devoraba con la pregunta.
- ¡No sé, se fue saltando antes de que llegaras! –Susana tironeaba inútilmente, gemía, se ahogaba en sus propios cabellos desordenados. Cuánta risa le daba.
- ¡¡No quiero ver más a ese conchesumadre, me oyes!! –le dijo agrediéndola verbal y físicamente, lanzándola como un insulto contra el sillón, mirándola como un duro golpe de sometimiento.
Se sentía poderoso, ahora, y quería estirar el momento. Caminó hacia ella con paso exagerado, ocultándole la luz de la ventana.
- ¿No será muy violento? –preguntó el escritor, y Enrique lo miró indeciso, sintiendo que el párrafo había quedado bastante bien, con rudeza, pero él en realidad no era el jefe. “Da lo mismo, probemos otra cosa”, le dijo el escritor.
- ¿Qué harás cuando me muera?
- No sé, tal vez mate al gato.
- ¿Qué harás cuando me muera?
- Puede que mate al gato.
- ¿Qué harás cuando me muera?
- Probablemente mate al gato, ¿por qué me sigues preguntando?
- Esperaba que tarde o temprano me dieras una respuesta mejor.
El escritor se siente obligado a estar de acuerdo, no es lo que digamos muy romántico, aunque sí tiene esa vibra medio indie que está como de moda, como romántico violento, medio disfuncional. Sin embargo, no se entiende quién dice qué, y el autor admite que es culpa suya, mala dirección. Enrique no dice nada, pero tiene aprehensiones sobre el rumbo que está tomando este proyecto, se rasca la nuca preocupado, instintivamente busca frases por las cuales escapar. Susana se tapa con las sábanas, molesta y congelada.
El escritor sugirió un descanso y salió a buscar un café y refrescar las ideas, mientras Enrique y Susana esperaban desnudos junto a la cama. Los personajes comprendieron en un par de líneas que estaban atrapados en un cuento aburrido y sin sentido, que daba vuelta sobre sí mismo y por el que probablemente no iban a recibir nada de dinero ni reconocimiento, a lo más alguna aparición sin gloria en una página web de mala calidad y un comentario del tipo “la wea imbécil” y sería.
Cuando regresó el escritor, entre los dos le dijeron con el mayor tacto posible que habían decidido no seguir participando del cuento, y que aunque no dejaban de estimar al escritor, sentían que la cosa no andaba, que el proyecto se había desviado un poco, después de todo el plan original era expresar frustración por la costumbre de la gente de aceptar realidades que son capaces de cambiar, pero deciden ignorar. El escritor suspiró desvanecido, miró largo tiempo la pantalla pensando en cómo cambiar la situación, pero aceptó que no tenía sentido, y una aplanadora tristeza lo ahogó. Se sintió abandonado y frustrado, pero levantó los hombros y despidió a Enrique y Susana con un saludo y una última frase amigable.
- Que les vaya bien.
El gato miraba toda la escena desde la ventana moviendo la cola en silencio, aliviado de saber, dentro de lo que un gato puede saber, que ningún animal iba a ser lastimado durante la producción de esta historia.
El escritor había gritado acción cuando Enrique entró pateando la puerta y Susana tembló del susto, lo miró con ojos infantiles y trató de escapar a la cocina. Pero él en tres zancadas la alcanzó, la tomó del brazo y de un tirón la empujó hacia la pared.
- ¿¡¿Dónde cresta está?!? –gritó Enrique imaginando que la devoraba con la pregunta.
- ¡No sé, se fue saltando antes de que llegaras! –Susana tironeaba inútilmente, gemía, se ahogaba en sus propios cabellos desordenados. Cuánta risa le daba.
- ¡¡No quiero ver más a ese conchesumadre, me oyes!! –le dijo agrediéndola verbal y físicamente, lanzándola como un insulto contra el sillón, mirándola como un duro golpe de sometimiento.
Se sentía poderoso, ahora, y quería estirar el momento. Caminó hacia ella con paso exagerado, ocultándole la luz de la ventana.
- ¿No será muy violento? –preguntó el escritor, y Enrique lo miró indeciso, sintiendo que el párrafo había quedado bastante bien, con rudeza, pero él en realidad no era el jefe. “Da lo mismo, probemos otra cosa”, le dijo el escritor.
- ¿Qué harás cuando me muera?
- No sé, tal vez mate al gato.
- ¿Qué harás cuando me muera?
- Puede que mate al gato.
- ¿Qué harás cuando me muera?
- Probablemente mate al gato, ¿por qué me sigues preguntando?
- Esperaba que tarde o temprano me dieras una respuesta mejor.
El escritor se siente obligado a estar de acuerdo, no es lo que digamos muy romántico, aunque sí tiene esa vibra medio indie que está como de moda, como romántico violento, medio disfuncional. Sin embargo, no se entiende quién dice qué, y el autor admite que es culpa suya, mala dirección. Enrique no dice nada, pero tiene aprehensiones sobre el rumbo que está tomando este proyecto, se rasca la nuca preocupado, instintivamente busca frases por las cuales escapar. Susana se tapa con las sábanas, molesta y congelada.
El escritor sugirió un descanso y salió a buscar un café y refrescar las ideas, mientras Enrique y Susana esperaban desnudos junto a la cama. Los personajes comprendieron en un par de líneas que estaban atrapados en un cuento aburrido y sin sentido, que daba vuelta sobre sí mismo y por el que probablemente no iban a recibir nada de dinero ni reconocimiento, a lo más alguna aparición sin gloria en una página web de mala calidad y un comentario del tipo “la wea imbécil” y sería.
Cuando regresó el escritor, entre los dos le dijeron con el mayor tacto posible que habían decidido no seguir participando del cuento, y que aunque no dejaban de estimar al escritor, sentían que la cosa no andaba, que el proyecto se había desviado un poco, después de todo el plan original era expresar frustración por la costumbre de la gente de aceptar realidades que son capaces de cambiar, pero deciden ignorar. El escritor suspiró desvanecido, miró largo tiempo la pantalla pensando en cómo cambiar la situación, pero aceptó que no tenía sentido, y una aplanadora tristeza lo ahogó. Se sintió abandonado y frustrado, pero levantó los hombros y despidió a Enrique y Susana con un saludo y una última frase amigable.
- Que les vaya bien.
El gato miraba toda la escena desde la ventana moviendo la cola en silencio, aliviado de saber, dentro de lo que un gato puede saber, que ningún animal iba a ser lastimado durante la producción de esta historia.
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Enrique
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El Loco Aleja
El diario de unos ajenos
por elfracaso.
Puntos de firmas:
Valparaíso: Uruguay con Montt
Viña del Mar: Villanelo con Calle Valparaíso
Más detalles en su página web.