El dedo de Ricardo Lagos, en el 2012 y doblado.  
 

Muerte en picahielo sangriento

@elfracaso

Era linda ella, pero cuando tiraba con otro se convertía en princesa

 por Alejo Mentirosky

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Debían ser las tres y media de la madrugada cuando comenzaron a golpear la puerta. Di un salto en la cama, del susto, porque en mi precaria guarida no suena casi nunca el teléfono, mucho menos la puerta. Debía ser algún tonto con ganas de golpear puertas y salir corriendo. Alguien a quien seguro se le había roto un joystick y salió a hacer una broma que atrasaba mil años.

Pero no, era mi amigo, era Francisco. Se lo escuchaba agitado, alterado, en el borde mismo de algo que no podía ser bueno. Me dijo que le abriera, rápido. Así que le abrí.

Le serví un vaso con agua. Transpiraba y parpadeaba mucho. Se tiraba el pelo con insistencia, y dejaba la mano ahí, agarrándose un mechón de pelo del costado de la cabeza o de la nuca, como si se hubiera olvidado del pelo y de la mano.

-Bueno, ¿me vas a decir qué pasa?

Y me lo dijo. Primero pasó al baño, lo escuché vomitar, pero no lo escuché soltar la cadena, mal presagio. Salió un poco más compuesto, la cara lavada. Vi que tenía algunas manchas, salpicones color ocre sobre su polera blanca. Francisco, que siempre fue flaco, parecía todavía más flaco, más pálido.

Acababa de matar a un tipo. No sabía el nombre, del tipo. Pero igual lo había matado. El tipo, al parecer, se tiraba a su polola, a la polola de Francisco. Los había seguido, había esperado que el tipo dejara a su novia, la novia de Francisco, Carola, en su casa, había esperado que se despidieran con un beso, y lo había seguido hasta el auto.

No le dijo nada, lo apuñaló con un picahielos que llevaba en el auto, varias veces. Por la espalda. En los riñones, primero, en la nuca, después. El tipo había exhalado como si se desinflara, y cayó muerto.

La calle estaba oscura. No había nadie.

-Lo tengo abajo, en el baúl del auto. Me tienes que ayudar –me dijo.

Ahí fuimos. La idea era ir hacia el mar, en algún punto de la playa, tirar el cuerpo sin que nadie viera. Mala, la idea, casi pésima, pero la idea anterior era subir al tipo, meterlo en mi tina, y comprar algún solvente, cal viva, no sé. Francisco hablaba confuso, se le trababa la lengua, por la adrenalina, los nervios. Daba la impresión de estar empastillado, también.

La idea de traer el muerto a mi tina, hacía que cualquier otra idea pareciera mucho más potable.

Me tomé un par de tragos y bajamos. Tuve que manejar yo, Francisco había entrado en una soporífera fase, balbuceaba incoherencias, lloraba un poco.

Llegamos. Estacioné el auto pasando el muelle, no mucho, me pareció que por allí estaba todo tranquilo, apagué las luces. No había nadie, bastante frío, todavía madrugada. La maniobra consistía en bajar del auto, abrir el baúl, fumar un cigarrillo. Entonces teníamos que agarrar el cuerpo entre los dos, como si fuera una alfombra enrollada, y tirarlo al mar. Había que caminar unos veinte pasos, quizás treinta. Esa era la parte donde estábamos expuestos. Era preciso moverse rápido.

-Envuelve el cuerpo con esta frazada –me dijo Francisco. Parecía más compuesto, incluso animado -, Tiramos a este hijo de puta, y te llevo a tu casa. Voy a volver a la casa de Carola, la voy a matar también. Hija de puta, hacerme esto a mí.

-¿Te volviste loco? –Le di un golpe en el hombro, fuerte, se le voló el cigarrillo de la mano. Pensé por un instante en preguntarle si sabía algo sobre la profundidad del mar en esa parte y los movimientos de la marea, pero qué podía saber Francisco sobre el tema, si ni siquiera le gustaba comer pescado-. Si zafamos de esta, ya es un milagro. ¿Y tú quieres seguir? ¿Qué te pasa? ¿Tanto lío por una mina?

-Pero es una hija de puta. ¡Nos estábamos por ir a vivir juntos!

-Mira, si vas a seguir con esto, te dejo acá. Me voy caminando. ¿Para qué carajo me viniste a buscar? Vamos a terminar todos presos.

-Tienes razón, tienes razón, -Sacudió la cabeza, se sonó los mocos tapándose las fosas nasales de una, vaciando la nariz sobre el asfalto-. Tú eres mi amigo. Terminemos con esto y me voy a dormir. No doy más.

-Dale  -dije-, prepárate. Cuando el semáforo se pone verde, contamos hasta diez, vemos que no pasen muchos autos y lo tiramos.

Lo único que faltaba era que matara también a Carola. Una buena mina, y bonita, además. Tiraba conmigo de vez en cuando.