por Negro Allende
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Conocí la poesía de Zurita cuando tenía poco más de quince años. En la biblioteca de mi colegio había una linda edición de Anteparaíso (1982) con las fotografías de su acción de arte hecha en Nueva York por aviones que con humo blanco en el celeste del cielo yankee rezaban los versos del poema La Vida Nueva. Un gesto lindo y generoso en apoyo a la comunidad de habla hispana en la metrópolis del país del norte “Mi Dios es hambre / Mi Dios es cáncer / Mi Dios es vacío / Mi Dios es ghetto / Mi Dios es nieve / Mi Dios es hombre / MI Dios es dolor / Mi Dios es …mi amor de Dios…”. 15 versos que en transcurso de dos horas fueron esfumándose con la pasividad de un suspiro.
Lo leí con detención y me pareció alucinante. Sin embargo otras lecturas llenaban mi aire por esos días de colegial y así, lo dejé perdido mientras robaba otros poetas como anestesiado por los designios de Rimbaud, Baudelaire, Lihn, Rojas y Teillier. ¡Cuánto me lamento hoy! Dónde estará ese libro ahora que luego de escuchar los versos leídos por su autor, ahora que emocionado he visto cómo el cuerpo de la poesía se ha vuelto carne en su enfermedad, un parkinson que desde hace años lo atañe. Es que Zurita es un poeta que “actúa con todo su cuerpo siempre” desde sus incursiones de performance como cuando quemó su mejilla o roció de ácido su vista, asumiendo el dolor de la atrocidad militar en la dictadura desde una manera profundamente personal y poética.
De allí también la necesidad expresiva y estilística de romper con las formalidades de los libros incluyendo textos de distintas tipografías y documentos, como la portada de Purgatorio (1979) donde aparece la imagen de Zurita con la mejilla quemada, además de los encefalogramas y el informe psiquiátrico al cuál se vio sometido luego de estos actos. Una rebeldía con la forma que escapa de letra para salirse a la realidad, lejos de lo virtual con la bofetada del delirio infernal producido por la tortura fascista de la dictadura.
Vida y poesía
Intenso como una playa recibiendo los restos de un naufragio enmudecido por una tormenta, como la cordillera encarcelando el dolor humano en sus infinitos pliegues que sangran sus vertientes, como una utopía arrancada por el chuzo cruel de una imposibilidad arraigada que sobrevive, gime pero vive a pesar de todo. Zurita estuvo el jueves en la Católica de Valparaíso para contar brevemente su historia, sus inicios de poco trabajo y mucha escritura, su paso por las matemáticas cuando estudió en la Universidad Técnica Santa María ingeniería y “la herida incurable de la tortura durante el golpe militar de ese 11 maldito”.
Leyendo poemas de varios libros, incluso cosas inéditas a punto de ser publicadas, respondió con ímpetu las preguntas infatigables de los asistentes que aplaudían después de cada poema leído tal vez por el nerviosismo que recorre por las vértebras al escuchar el relato desgarrador de su voz que habla entre el misterio y la estocada fatal de la condición del hombre. Una esperanza camuflada por versos que sufren como un bolero borracho, como una lágrima suicidándose una noche cualquiera, lanzándose desde el acantilado de una pestaña.
Es que la labor de Zurita, más allá de las polémicas absurdas de politiquería y farándula literaria, es un vuelo real por la geografía de Chile. El vuelo de un pájaro arrancando de la bandada exitosa de botas y metralletas, pasando por playas y cordilleras y ríos y desiertos, como buscando a Dios, como un niño solitario buscando sus padres. Será que tiene razón al decir que “el paraíso no existe como tal y que estamos condenados a este espacio baldío de vida y muerte”.
Porque Zurita es un sobreviviente y cuando me le acerco se lo digo. Porque me responde que acá “somos todos sobrevivientes”, que pude haber sido yo un detenido durante la dictadura, porque podría ser cualquiera, porque creo fielmente en su trabajo poético que me crispa los pelos y me emociona de manera extraña, sin importarme la fidelidad de su discurso, porque poesía es una palabra extensa e infinita, por esto le miro con una pizca de admiración que nota que el temblor de su enfermedad es el paso del tiempo vivido como si el mismo fuera la hoja en blanco del poema. Por eso y mucho más espero fotocopiar pronto sus libros y releer lo que alguna vez en el colegio me fue inconcluso.
